jueves, 21 de enero de 2016

los borrachos del tablon vs el sionismo


 Ariel Sharon fue un protagonista central del conflicto en Medio Oriente y uno de los más polémicos, considerado por los israelíes un jefe militar que salvó a Israel de su destrucción pero visto por los palestinos como ejecutor y arquitecto de crímenes de guerra imperdonables.

Reconocido en su país como uno de los más inclementes, violentos y radicales militares, Sharon pasó a la historia como un polémico personaje que para algunos es un héroe nacional y para otros un asesino despiadado.
Sharon, que fue jefe de Gobierno entre 2001 y 2006.

 Tras la invasión al Líbano, Sharon preparó y dirigió la ofensiva del Ejército israelí hacia Beirut para expulsar a la Organización de Liberación Palestina (OLP) y, como lo demostró una comisión de investigación israelí, fue "indirectamente responsable" de la masacre de palestinos en dos campos de refugiados palestinos.

Durante dos días y ante la mirada impávida de los jefes militares israelíes, entre 200 y 300 milicianos cristianos libaneses masacraron y abusaron de la población de los campos de refugiados de Sabra y Chatila.

Israel calculó que 800 refugiados palestinos fueron asesinados. La Cruz Roja Palestina estimó que el saldo de víctimas fue superior a 2.000.

Ante la condena internacional y pese a sus antecedentes en la guerra de Iom Kipur, Sharon fue removido de su cargo en 1983, y tuvo que esperar 15 años para su gran retorno.

En 1998 el entonces primer ministro Benjamin Netanyahu lo llamó a sumarse a su gabinete como canciller y rápidamente volvió a ganarse el apoyo de los sectores nacionalistas y conservadores.

Ante la dimisión de Netanyahu como candidato del Likud para las elecciones de primer ministro de 1999, Sharon se convirtió en el líder del partido de derecha.

Como líder de la oposición conservadora, Sharon visitó el 28 de septiembre de 2000 la Explanada de las Mezquitas (o Monte del Templo para los judíos) de Jerusalén, un lugar santo para los musulmanes.

"Estoy aquí porque con mi presencia quiero demostrar que el Monte del Templo nos pertenece", sentenció Arik.

Sus palabras desataron de inmediato la ira de los palestinos en Cisjordania y la Franja de Gaza, y la sociedad israelí reaccionó a la escalada de violencia votando de vuelta a la derecha, ahora liderada por Sharon.

La segunda Intifada, como se conoció al violento levantamiento palestino que duró más de cinco años y marcó el fin de los acuerdos de paz de Oslo, se cobró la vida de casi 5.000 personas, en su mayoría palestinos, y entre ellas 900 menores de edad.

La represión contra los palestinos ordenada por Sharon fue impiadosa, e incluyó el asedio, bloqueo y hasta la destrucción de partes enteras de campos de refugiados en Cisjordania.

Pese al repudio internacional, la popularidad de Sharon dentro de Israel estaba intacta cuando el 4 de enero de 2006 el premier sufrió una grave hemorragia cerebral como consecuencia de un infarto cerebral que había tenido apenas dos semanas antes.

Desde entonces el líder israelí permanecía en coma profundo y en un virtual estado vegetativo.

Como primer ministro, Sharon demostró ser más pragmático de lo que sus rivales políticos creían.

Pese a haber sido un ferviente defensor e impulsor de la política de colonización a través de los asentamientos, fue el único premier que concretó la retirada total de las colonias israelíes en la Franja de Gaza, en 2005, una decisión que lo enfrentó con sus propios aliados.

Más aún, pese a haber ridiculizado la idea de la construcción de un muro para separar las dos poblaciones, que según su opinión nunca iban a coexistir pacíficamente, aceptó el pedido de sus aliados y ordenó la construcción del Muro de Separación, que actualmente divide Israel de Cisjordania.

En el trazado, el muro, que fue condenado por el Tribunal de la Haya, anexa de hecho el 10% del territorio de Cisjordania.

Tras ocho años en coma, la figura de Sharon dejó de pesar en el día a día de la política israelí, pero su legado sigue presente en las negociaciones de paz con los palestinos y en la tensión que marca el ritmo político de un Medio Oriente al que él mismo ayudó a moldear.